“Dicen que aquí ya han encontrado
16 fosas con muertos, y que hay 600 personas más que fueron asesinadas.
Ahora Usted si me entiende porque es que se siente tanta angustia,
tanta tristeza cuando se conoce este lugar?”
Efectivamente, los aproximadamente 20 minutos que distan de San Onofre
a la hacienda El Palmar, se recorren con escalofríos de solo pensar en
lo que sintieron los cientos de víctimas que atravesaron el camino, que
los conducía a su muerte, solo porque “si era gordo lo mataban, si no
lo eras también, era simplemente el hecho de caerle mal”.
Hacen referencia a Rodrigo Pelufo alias “Cadena” el jefe paramilitar de
la región, que hoy día, y a pesar de supuestamente haberse
desmovilizado, no se sabe dónde esta. Algunos dicen que se encuentra en
Sincelejo y que “se mando operar la cara, pa´ que no lo reconozcan”.
Son aproximadamente 2.500 héctareas de tierra, en las cuales, al
lado izquierdo se encuentra un árbol de Caucho enorme que guarda entre
su tronco las huellas de lo que se vivió durante más de ocho años en
ese lugar, representadas hoy día en marcas de los disparos realizados
por los paramilitares que usaban el macizo para ultimar sus víctimas.
En diagonal se encuentran las instalaciones de la hacienda, donde luego
de subir aproximadamente 18 escaleras en forma de caracol, se llega al
segundo piso, donde se destacan dos cuartos, hoy día totalmente
abandonados. El primero es el que las personas que dejaron salir de
allí, para que contaran las atrocidades que se cometían y que han dado
en llamar “el cuarto de la última lágrima”, sitio en el cual vivieron
los peores vejámenes que se pudiese imaginar. Allí eran llevados para
ser torturados antes de la muerte.
El otro cuarto corresponde al de “Cadena” donde comparecían sus
víctimas, luego de lo cual eran ejecutados o dispuestos a
interrogatorio. En algunas ocasiones era él mismo quien los asesinaba a
sangre fría, cuentan lugareños de la zona.
Al otro lado de estas instalaciones se encuentran las caballerizas,
donde eran enterrados quienes no pasaban la prueba o a quienes se
quería castigar cualquiera fuera el motivo. Algunas personas cuentan
que se salvaron “solo me pusieron a recoger la cosecha que había, luego
me soltaron para dar testimonio de lo que allí sucedía”.
El dolor es enorme, se escuchan lejanos ecos de auxilio, la imaginación
nos juega malas pasadas. Se observan por lo menos tres fosas comunes.
Al parecer se han encontrado hasta el momento 16 en el lugar. La gente
dice que faltan muchas más. Se habla de 600 los asesinados allí, porque
en total en toda la zona se dicen que son más de dos mil en esos 8
años.
En cada fosa, comentan, encontraron más de dos personas descuartizadas
y enterradas. La verdad es que la longitud de las mismas no da para
pensar que fueron enterradas completas. El silencio persigue la memoria
de los que allí quedaron.
Al salir dejamos atrás el lago donde lanzaban a sus víctimas, para que
fueran “tragados” por los caimanes que allí se encontraban o para de
alguna manera, terminar el trabajo que los victimarios habían iniciado.
El terror que imperó durante estos años en la zona, impidió que
antes se conociera este lugar. Aún así, los habitantes de San
Onofre, fieles testigos de lo que allí ocurría, al amanecer del día de
la audiencia convocada por el Movimiento de Víctimas de Crímenes de
Estado y la Comisión de Derechos Humanos del Senado de la República,
paciente y silenciosamente guardaban la esperanza de ser escuchados.
No obstante, de los 10 congresistas que hacen parte de la Comisión,
solo llegó uno, Alexander López y como siempre uno solidario, Wilson
Borja, luego de tres horas de retraso, dizque porque el avión que los
trasladaba de Bogotá al sitio se averió. Esa es la responsabilidad de
los congresistas que conforman dicha Comisión.
Tres días después de realizada la audiencia, la opinión pública se
debate entre las mentiras de los congresistas y políticos de la región,
que exculpan sus responsabilidades y la tristeza que se experimentan
cuando se preguntan ¿cómo pudo suceder todo esto, sin que nos diéramos
cuenta?