Wednesday, 03 de December de 2008


 
Asamblea de OxC

centrodocumental

archivo

enlaces

ROC

Nocheyniebla

 


Home arrow Malcreyente arrow MalCreyente Nº 19 arrow El canto del clarinete

El canto del clarinete
POR
Ksas
Red Juvenil
 
portada_mc19“nosotros no utilizamos las armas
porque si las necesitáramos,
seguro hubiéramos nacido con ellas…”
(Comunidad indígena-Centroamérica)

 
¡Ningún ejército defiende la paz! ¡Ningún ejército defiende la paz! ¡Ni guerra que nos destruya, ni paz que nos oprima! Arengaban las juventudes contagiadas por el  calentamiento de la sangre y hora y media de marcha, entre la multitud, al lado de acá, desde afuera, todos cantaban acompañados de la tambora y el clarinete las odas  populares al clamor pacifico. Manos extendidas, vacías, en voces desnudas, lanzadas desde donde está prohibido observar el camino por el que deberá pasarse, desde aquí iba el reclamo. Al lado de allá, bien adentro,  estaban los camuflados, jóvenes también, recién iniciados en el rol de ser buenos ciudadanos, ellos, al ritmo de las maracas de acá y atendiendo al clamor levantaban sus galil y M-16 bien aseadas, ¡ASESINOS! ¡ASESINOS! les respondían los mismos jóvenes pero desde aquí, con el arma en hombros, en señal de Victoria ellos sonreían y besaban sus metales atendiendo al llamado, y en ese momento, ellos, verde oliva, a quienes les sacan el corazón en medio de oleadas y cánticos patrióticos, que alguien me diga si ha de saber que es esa cosa de la patria, en donde se siente, si ésta guerra la hacen en nombre de la patria que ella se pronuncie, que la asesinen a ella, vieja hijueputa, como la llamaría Gonzáles, pero no a nosotros ¿Por qué ha nosotros?, ¿acaso nosotros somos la patria?, ese aparato malvado sin razón, pero bueno, ya sin corazón, en medio de la disciplina y el orden que han aprendido a partir de la tortura de sus almas, levantan sus macanas sobre las voces sin dueño, sobre los cuerpos estudiantiles, sobre los artistas enamorados de la vida se descargan sus bolillos, aerosoles y granadas de humo obligando a retroceder. En medio de la confusión, las manos de un militar conservaban los restos del clarinete destrozado, ¿donde estará su dueño?, al parecer el viento suave de ésta primavera inventada se iba llevando entre los gritos el sonido de la tambora que terminó por desaparecer.

Yo estaba entre los del lado de acá, los desarmados enamorados de la pasión más absurda en este país: de la vida. Creo que teníamos la razón, creo que éramos inocentes, creo que nada de malo tiene salir a la calle a cantarle sobre el pavimento a esta ciudad que aun hay ganas de vida, que queremos el abrazo del amigo, que preferimos el arenal a la esmeralda extraída por el sangrado del minero; teníamos el derecho de hacerlo y lo hicimos hasta donde nos dejaron, ¿por qué nos privaron de cantarle a la vida?. Pero también estuve al lado de allá en alguna vez, adentro, y los comprendo, porque defienden la patria, esa patria amarga que nos ha hecho matarnos pero sigue ahí intacta. Los entiendo porque a mi también me enseñaron a amar el fusil, ese que cargue durante 8 meses y luego la M 60, calibre 7.62 mm., nos enseñaban el “credo a mi fusil”, nos hacían acariciarlo y amarlo, y en medio de esa soledad que se concentra en los cuarteles, esa incertidumbre, ese lugar en donde todo y todos son enemigos, allí el fusil, el compañero, es el único que va a salvarnos la vida. Con razón lo besaban. Cada 4 días teníamos que sacar 4 horas para él, limpiarlo, mimarlo, hacerle el amor como nos decía el capitán Zamora y el mayor Zapata (y si quieren títulos con mayúscula que vuelvan a nacer), siempre estaba con nosotros ese metal herrumbroso con cara de asesino, y mientras el tiempo iba pasando nos parecíamos mas a él, cada vez menos a ese niño que había entrado recién salido de su adolescencia. Luego de los polígonos al que mejor le fuera con su fusil se ganaba una salida el fin de semana, y que orgulloso se sentía uno de ser el mejor, de saber que cada día era un mejor sicario legalizado, recuerdo una vez haberme ganado uno de los permisos al ser favorecido de la compasión de mi superior gracias al amor que concentraba en mi arma, mi novia, mi mejor amiga bien aprendida estaba la lección-. Y cuando ya estábamos preparados, convertidos en asesinos pero con la indignidad de hacerlo de gratis, nosotros, el mejor pelotón, acompañados unas veces del teniente Blandon, otras del teniente García y las mas de las veces del cabo Martínez, -ellos si eran verdaderos animales, que tremendas cosas son capaces de producir estos días de infierno-, salíamos en las noches sin las insignias y disfrutábamos de los sustos que les hacíamos dar a los pobres hombres que iban a sus escondites a fumarse un cigarrillo prohibido, nunca entendí para que lo hacíamos, pero siempre me conseguía en esas redadas clandestinas lo suficiente para vender algunas cositas a mis compañeros, a ellos nunca los golpearon por ello, así que entendí que tal vez la droga sea ilegal, ¡pero el consumo!, el consumo es legal para algunos. Luego volvíamos a la base a contar a carcajadas lo sucedido, a vender la hierba decomisada y a prepararnos por el permiso que nos ganamos por ello, creo que teníamos la razón, creo que éramos inocentes, que más podíamos hacer cuando se nos había enseñado el arte del maltrato, de la violencia, de la disciplina ciega, del absurdo, que mas podía esperarse de nosotros si lo único que se nos había enseñado era amar ese metal pálido y amargo, con sabor a oxido. En varias veces allí, vi la boquilla del arma entrar en los labios temblorosos de compañeros, que lo cargaban y una vez sentían la rigidez del gatillo que no dudaba, se arrepentían y lloraban y callaban, suicidarse es un acto de valentía tan heroico que sería casi imposible para un soldado tan cobarde que usa siempre ese pedazo de metal en frente, además ya estábamos muertos entre ese verde oliva silencioso, entre esa complicidad de nuestros padres orgullosos de sus hijos metidos en la guerra. Y ni que decir de las gentes del común, en la calle nos aplaudían, nos felicitaban, ciudadanos que festejaban nuestra muerte de 18 años, éramos niños, así como ellos que desde el lado de allá besaban sus armas en la marcha, que mas podían hacer si no tenían alternativa. Nosotros sabemos que están equivocados, ellos desde allí saben que estamos equivocados. Pero nos dicen lo contrario, nunca un asesino lo admitirá,  pero mírale la muerte que se le desborda por los ojos.

mc19_5Allí, perfeccionándome en el arte de matar, sin entender porque mi madre se enorgullecía de tenerme así, de verme cada vez menos vivo auque ella decía que me veía mas hombre, allí aprendí que el ejército, para podernos educar perfectamente en su lógica, primero nos mata, nos cercena, y un muerto no piensa,  un muerto no quiere estar solo, por eso se lleva lo que encuentra en el camino. Ahora que estoy al lado de acá, entre los desarmados, entre los vivos, me doy cuenta que también nos estamos muriendo lentamente, nos vamos yendo, vamos cediendo y como ellos peleamos desde el hambre, y como ellos exigimos justicia, y como ellos queremos algo diferente… Y ellos tienen la razón, así como nosotros tenemos la razón, ellos saben que son inocentes como también nosotros sabemos que lo somos, y nos acostumbramos, nos enfrentamos, nos decimos culpables ustedes,  nos vemos como enemigos. Todos sabiendo que somos responsables por igual, todos sabiendo que somos victimas por igual, nos negamos a entrar y nos negamos a estar afuera, nosotros sabemos que ellos solo cumplen ordenes y ellos saben que nosotros decimos la verdad, pero arengamos y besan sus fusiles. El papel hay que hacerlo bien, quien falla en su rol, esta fuera y fuera es peor que estar muerto. Ambos sabemos lo que debemos hacer. Ambos somos jóvenes, ambos nos enfrentamos como si fuéramos enemigos, ¿y la patria? Intacta, ¿y nosotros? ¿Y ellos?... el clarinete destrozado, enfrentados. Mientras detrás de la pantalla, el hombre de cabello cano da las ordenes sonriendo y observando el espectáculo.
 
2004 - 2006 · Red Juvenil - Medellín · Powered by Paint Attack · Hosting by El Hemisferio