¡Ningún ejército defiende la paz! ¡Ningún ejército
defiende la paz! ¡Ni guerra que nos destruya, ni paz que nos oprima!
Arengaban las juventudes contagiadas por el calentamiento de la
sangre y hora y media de marcha, entre la multitud, al lado de acá,
desde afuera, todos cantaban acompañados de la tambora y el clarinete
las odas populares al clamor pacifico. Manos extendidas, vacías,
en voces desnudas, lanzadas desde donde está prohibido observar el
camino por el que deberá pasarse, desde aquí iba el reclamo. Al lado de
allá, bien adentro, estaban los camuflados, jóvenes también,
recién iniciados en el rol de ser buenos ciudadanos, ellos, al ritmo de
las maracas de acá y atendiendo al clamor levantaban sus galil y M-16
bien aseadas, ¡ASESINOS! ¡ASESINOS! les respondían los mismos jóvenes
pero desde aquí, con el arma en hombros, en señal de Victoria ellos
sonreían y besaban sus metales atendiendo al llamado, y en ese momento,
ellos, verde oliva, a quienes les sacan el corazón en medio de oleadas
y cánticos patrióticos, que alguien me diga si ha de saber que es esa
cosa de la patria, en donde se siente, si ésta guerra la hacen en
nombre de la patria que ella se pronuncie, que la asesinen a ella,
vieja hijueputa, como la llamaría Gonzáles, pero no a nosotros ¿Por qué
ha nosotros?, ¿acaso nosotros somos la patria?, ese aparato malvado sin
razón, pero bueno, ya sin corazón, en medio de la disciplina y el orden
que han aprendido a partir de la tortura de sus almas, levantan sus
macanas sobre las voces sin dueño, sobre los cuerpos estudiantiles,
sobre los artistas enamorados de la vida se descargan sus bolillos,
aerosoles y granadas de humo obligando a retroceder. En medio de la
confusión, las manos de un militar conservaban los restos del clarinete
destrozado, ¿donde estará su dueño?, al parecer el viento suave de ésta
primavera inventada se iba llevando entre los gritos el sonido de la
tambora que terminó por desaparecer.
Yo estaba entre los del lado de acá, los desarmados enamorados de la
pasión más absurda en este país: de la vida. Creo que teníamos la
razón, creo que éramos inocentes, creo que nada de malo tiene salir a
la calle a cantarle sobre el pavimento a esta ciudad que aun hay ganas
de vida, que queremos el abrazo del amigo, que preferimos el arenal a
la esmeralda extraída por el sangrado del minero; teníamos el derecho
de hacerlo y lo hicimos hasta donde nos dejaron, ¿por qué nos privaron
de cantarle a la vida?. Pero también estuve al lado de allá en alguna
vez, adentro, y los comprendo, porque defienden la patria, esa patria
amarga que nos ha hecho matarnos pero sigue ahí intacta. Los entiendo
porque a mi también me enseñaron a amar el fusil, ese que cargue
durante 8 meses y luego la M 60, calibre 7.62 mm., nos enseñaban el
“credo a mi fusil”, nos hacían acariciarlo y amarlo, y en medio de esa
soledad que se concentra en los cuarteles, esa incertidumbre, ese lugar
en donde todo y todos son enemigos, allí el fusil, el compañero, es el
único que va a salvarnos la vida. Con razón lo besaban. Cada 4 días
teníamos que sacar 4 horas para él, limpiarlo, mimarlo, hacerle el amor
como nos decía el capitán Zamora y el mayor Zapata (y si quieren
títulos con mayúscula que vuelvan a nacer), siempre estaba con nosotros
ese metal herrumbroso con cara de asesino, y mientras el tiempo iba
pasando nos parecíamos mas a él, cada vez menos a ese niño que había
entrado recién salido de su adolescencia. Luego de los polígonos al que
mejor le fuera con su fusil se ganaba una salida el fin de semana, y
que orgulloso se sentía uno de ser el mejor, de saber que cada día era
un mejor sicario legalizado, recuerdo una vez haberme ganado uno de los
permisos al ser favorecido de la compasión de mi superior gracias al
amor que concentraba en mi arma, mi novia, mi mejor amiga bien
aprendida estaba la lección-. Y cuando ya estábamos preparados,
convertidos en asesinos pero con la indignidad de hacerlo de gratis,
nosotros, el mejor pelotón, acompañados unas veces del teniente
Blandon, otras del teniente García y las mas de las veces del cabo
Martínez, -ellos si eran verdaderos animales, que tremendas cosas son
capaces de producir estos días de infierno-, salíamos en las noches sin
las insignias y disfrutábamos de los sustos que les hacíamos dar a los
pobres hombres que iban a sus escondites a fumarse un cigarrillo
prohibido, nunca entendí para que lo hacíamos, pero siempre me
conseguía en esas redadas clandestinas lo suficiente para vender
algunas cositas a mis compañeros, a ellos nunca los golpearon por ello,
así que entendí que tal vez la droga sea ilegal, ¡pero el consumo!, el
consumo es legal para algunos. Luego volvíamos a la base a contar a
carcajadas lo sucedido, a vender la hierba decomisada y a prepararnos
por el permiso que nos ganamos por ello, creo que teníamos la razón,
creo que éramos inocentes, que más podíamos hacer cuando se nos había
enseñado el arte del maltrato, de la violencia, de la disciplina ciega,
del absurdo, que mas podía esperarse de nosotros si lo único que se nos
había enseñado era amar ese metal pálido y amargo, con sabor a oxido.
En varias veces allí, vi la boquilla del arma entrar en los labios
temblorosos de compañeros, que lo cargaban y una vez sentían la rigidez
del gatillo que no dudaba, se arrepentían y lloraban y callaban,
suicidarse es un acto de valentía tan heroico que sería casi imposible
para un soldado tan cobarde que usa siempre ese pedazo de metal en
frente, además ya estábamos muertos entre ese verde oliva silencioso,
entre esa complicidad de nuestros padres orgullosos de sus hijos
metidos en la guerra. Y ni que decir de las gentes del común, en la
calle nos aplaudían, nos felicitaban, ciudadanos que festejaban nuestra
muerte de 18 años, éramos niños, así como ellos que desde el lado de
allá besaban sus armas en la marcha, que mas podían hacer si no tenían
alternativa. Nosotros sabemos que están equivocados, ellos desde allí
saben que estamos equivocados. Pero nos dicen lo contrario, nunca un
asesino lo admitirá, pero mírale la muerte que se le desborda por
los ojos.

Allí,
perfeccionándome en el arte de matar, sin entender porque mi madre se
enorgullecía de tenerme así, de verme cada vez menos vivo auque ella
decía que me veía mas hombre, allí aprendí que el ejército, para
podernos educar perfectamente en su lógica, primero nos mata, nos
cercena, y un muerto no piensa, un muerto no quiere estar solo,
por eso se lleva lo que encuentra en el camino. Ahora que estoy al lado
de acá, entre los desarmados, entre los vivos, me doy cuenta que
también nos estamos muriendo lentamente, nos vamos yendo, vamos
cediendo y como ellos peleamos desde el hambre, y como ellos exigimos
justicia, y como ellos queremos algo diferente… Y ellos tienen la
razón, así como nosotros tenemos la razón, ellos saben que son
inocentes como también nosotros sabemos que lo somos, y nos
acostumbramos, nos enfrentamos, nos decimos culpables ustedes,
nos vemos como enemigos. Todos sabiendo que somos responsables por
igual, todos sabiendo que somos victimas por igual, nos negamos a
entrar y nos negamos a estar afuera, nosotros sabemos que ellos solo
cumplen ordenes y ellos saben que nosotros decimos la verdad, pero
arengamos y besan sus fusiles. El papel hay que hacerlo bien, quien
falla en su rol, esta fuera y fuera es peor que estar muerto. Ambos
sabemos lo que debemos hacer. Ambos somos jóvenes, ambos nos
enfrentamos como si fuéramos enemigos, ¿y la patria? Intacta, ¿y
nosotros? ¿Y ellos?... el clarinete destrozado, enfrentados. Mientras
detrás de la pantalla, el hombre de cabello cano da las ordenes
sonriendo y observando el espectáculo.