Caricaturas con sentido político es algo viejo…
Los caricaturistas lo hacían hace cien años…
(Exclamación del jefe de policía en Dick Tracy).
La caricatura ha venido como un patrón propagandístico del
neocolonialismo desde hace un poco más de cien años; esto con el afán
ejemplarizante de recrearnos al sutil estilo de una cultura capitalista.
Es precisamente dentro de este marco referencial que los comics, tanto
como el cine y la TV, aparecen como una modalidad procesada
industrialmente por el capitalismo monopolista que persigue dos
objetivos fundamentales: “divertir y entretener” a un publico que debe
consumir los elementos que mediatizan o emiten ese
entretenimiento y esa diversión, y “Reproducir” en imágenes o
moralejas una ideología dominante que por su valor reiterativo se
instala en el inconsciente del receptor llevándolo a que
empiece a mirar la realidad desde esa perspectiva, concluyendo que así
es la realidad por tanto difícilmente se modificará.
Por lo tanto se pretende asumir el comic -Pueblo Libre- trascendiendo
los límites de estos objetivos originales, como una dinámica que dé
nuevos elementos y recursos que actualicen paradigmas de una ideología
que contrarreste la dominación, en términos de la noviolencia.
Por esta razón a través de los últimos años los comics se han
incorporado a la llamada cultura de masas como fenómeno
significativamente ideológico, llegando hasta nosotros en la forma
mítica de un pato magnate bondadoso
1, que ha motivado la imaginación de
niños y adultos, basándose en explotar valores de la burguesía y una
necesidad de consumo. Esta es claramente la firma de Disney, en
representación de un mundo de fantasía, y sus productos se presentan
ajenos a condicionamientos históricos de la realidad; por lo cual su
nombre se convierte en mito, y al estar presente en casi todas las
manifestaciones, por ejemplo de lo “infantil”, su mensaje adquiere
características de lo “normal”, afirmándose dentro de la realidad como
hecho familiar y cotidiano.
Por esto hemos hecho un análisis ideológico a partir del comic (pueblo
libre) como representación de nuestros valores, definiendo la obra a
partir de las circunstancias de nuestra realidad, y haciendo
efectivamente una critica al modelo existente.
“Un buen comic es mejor que cien novelas malas”
2; aunque no creo que el
comic desplace a la literatura, sé que cualquier cosa es mejor
que cien novelas malas. Así se puede aseverar que gran parte de
los niños de hoy aprenden a leer en las tiras cómicas, ¿cómo?: La
imagen sugiere la acción y la acción sugiere la palabra. Entonces un
niño contemporáneo es un criptógrafo que se esfuerza en descifrar por
si mismo el misterio implícito en estos ideogramas llamados caricaturas
a través de su imaginación.
A su nivel, los recursos del comic son extraordinarios. Su calidad
dinámica permite lograr todos los planos y actitudes necesarias para
recalcar una acción; posee una escenografía tan vasta como la
imaginación y una variada gama de colores para subrayar las emociones,
además de un lenguaje propio para aumentar su capacidad expresiva.

La intención es volver al cauce de los acontecimientos, que pueblo
libre muestre la realidad de estos pueblos sumidos en la desigualdad y
en la explotación para que unos pocos vivan bien, incorporándole
además del objetivo original de divertir, la razón y el valor de formar
al lector con una visión critica en temas de su cotidianidad.
En una sociedad como la nuestra, las dificultades aumentan las torpezas
de las masas, y evidencian su enajenamiento a un sistema que nos reduce
al papel de obreros y consumidores de los bienes de un sistema
monopolista.
Por lo cual si deseamos establecer una cultura que represente valores
humanos racionales- tanto en el plano estético como formativo-, la
condición necesaria es disolver el actual sistema en que la cultura de
masas se sustenta. La única acción que puede conducir a la creación de
una autentica cultura popular es la resistencia contra lo establecido y
su escala de valores.
No se deberá entonces pretender conservar las normas correspondientes a
esta formación social, sino crear nuevas formas de vivir y
organizarnos, más racionales, cuyos valores promuevan y hagan realidad
la libertad y sean los antivalores de la sociedad capitalista.
Es innegable que los personajes de pueblo libre somos nosotros; una
amalgama entre el superhéroe de barrio que disimuladamente conjura los
sinsabores de los días convirtiéndolo en acciones no del todo heroicas
pero si trascendentales a la hora de asumirse como un ciudadano de un
lugar X de esta geografía criolla, o como representantes de una
sociedad decadente que no representa los intereses esenciales y
necesarios para cualquier habitante de este pueblo. Es allí entonces,
en ese discurrir lento y a veces casi imperceptible que nosotros los
personajes de pueblo intentamos liberarnos, desobedecer, rechazar e
incluso rehusar de alguna forma, las imposiciones de un modelo que no
representa nuestros intereses y valores, y que nos apartan de esa
comunidad valiosa en todo el sentido de la palabra.
Así pues he conocido héroes, he conocido mártires, a los que tuve el
privilegio de querer y por lo tanto he muerto un poco con ellos, porque
ellos eran un trozo de mi y yo soy parte de ellos; he comprendido que
lo esencial de nuestra lucha es no perder la memoria de lo que ha
sucedido dentro de nuestras familias y dentro de nuestras comunidades,
porque ello nos permitirá no cometer los mismos errores en esa espiral
cíclica de acontecimientos que forma la historia de este pueblo… Y no
olvidar, por supuesto, sus actos heroicos.