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Por: Hernán Casciari
Martes 16 de Enero, 2007
En la vidriera de Dolce & Gabanna hay carteras pequeñas, de piel, a
800 euros. A
unos metros, en la vereda, un marroquí vende unas
idénticas por 15. Como las carteritas de dentro y las de fuera tienen
el mismo color, el mismo diseño y el mismo logo, por la tarde llega la
policía. En un mundo sensato meterían preso al vendedor que no tiene
escrúpulos. En este mundo, en cambio, se llevan esposado almarroquí,
por molestar a los nuevos ricos con una realidad escandalosa: el
verdadero precio de las carteras.
A los millonarios de toda la vida les importa un pito
que la gente de a
pie, la gente común, compre falsos Rolex y falsos Ray Ban y
complementos falsos de Armani. Ellos están en otra nube, viven en el
limbo de los que consumen productos imposibles de falsificar. Mientras
no haya vendedor ambulante capaz de imitar un yate, ni un chalet en la
Costa Azul con catorce baños, los verdaderos ricos estarán tranquilos.
No son ellos los que llaman a la policía para que apresen al marroquí
que vende carteras. Entonces, ¿quién llama a la policía?
En España está ocurriendo un fenómeno singular (en Rusia dicen que
también, pero yo solamente vivo en España). Aquí, en España, hay mucha
gente que se está haciendo rica de golpe y porrazo. Se tratade ricos sin pedigrí, millonarios de sopetón, gente que no ha tenido
una familia poderosa en el pasado ni una educación ricachona desde la
cuna. Los nuevos ricos son, ante todo, ricos asustados de perder
la brújula de un estatus que nunca merecieron.
El estatus es un galardón de prestigio, casi siempre falso, que se da
en todas las clases sociales. Mi papá todavía cuenta con orgullo que,
en la época de Alfonsín, robaba los desperdicios de otra gente y los
metía en casa, a escondidas, para después salir a la calle con sus
propias bolsas de basura y que el barrio lo viera. Tener algo que
tirar, en ese tiempo y en aquella geografía, también era síntoma de
estatus.
Así como mi padre falsificaba basura, en este tiempo el mercado de las
falsificaciones se dedica a imitar productos llamados "de marca". Esta
práctica, que ocurre en todo el mundo gracias a la astucia de los
chinos, está dejando al descubierto la paranoia de los nuevos ricos, a
los que les cuesta mucho aceptar que haya personas pobres y sin suerte
comprando sus mismos juguetes de fantasía.
El nuevo rico adquiere una carterita de 800 euros no porque le guste
demasiado el producto en sí mismo, ni porque lo necesite, sino porque
la carterita tiene un código común: la marca. Este símbolo indica su
valor comercial en el mercado de las cosas. Se trata de un código no
secreto, no oculto; un código que entenderá todo el mundo a simple
vista. Es como si el producto tuviese el precio grabado a fuego y ellos
pudieran así generar la envidia de los imbéciles.
Por una cuestión de reglas internas, los nuevos ricos no pueden decir
que compran cosas únicamente por el precio inasequible. Entonces dicen
que lo hacen por la calidad. Aseguran que se han comprado una cartera
costosísima y de marca porque las costuras son mejores, o porque duran
toda la vida. Sin embargo, y también por culpa de las reglas internas,
a las cuatro semanas ya no pueden seguir usándola, pues ha aparecido
otra mejor, o porque demasiada gente ya los ha visto con la primera.
El mercado de la falsificación es, entonces, el infierno de los
superficiales. Lo peor que le puede pasar en la vida a un frívolo es
que otro, por mucho menos, pueda ostentar sus mismos códigos de
grandeza, y ensayar idénticos pavoneos, aunque sean imitaciones
vulgares de los códigos reales, aunque las costuras sean pésimas y se
destiñan al segundo lavado.
A los nuevos ricos no les importa realmente la calidad de lo que
poseen: sólo les importa la seguridad de saber que nadie más que ellos
pueden conseguirlo. Para ellos una "marca" indica la seguridad de la
subsistencia, la grieta que los separa de la antigua vida de mortales
corrientes. Recordemos que no han sido ricos siempre: son nuevos y
torpes en el malabarismo de la opulencia. Hace no mucho eran envidiosos
de los verdaderos ricos, eran resentidos fisgones de la vida de los
otros. Por eso ahora se desesperan para no caer otra vez en la miseria.
Por eso cuando se topa con un marroquí que, en la vereda de enfrente,
ofrece códigos de estatus a todo el mundo, y a un precio ínfimo y
posible, el nuevo rico se siente estafado en su buena fe.
—Yo quiero que me estafe Dolce & Gabbanna —pareciera decir—, yo
quiero que una cartera de mierda me cueste muchísimo dinero, necesito
demostrar que puedo despilfarrar y alardear y pavonearme, pero no
soporto que me estafen otros. Prefiero que me quiten el dinero, que me
sobra, y no la autoestima, porque de eso tengo poco.
Se ha llegado a tal grado de frivolidad que hasta el que te rompe el
culo tiene que ser alguien importante, para que valga la pena mostrar
el culo roto como un trofeo. La riqueza y la pobreza muchas veces tienen una frontera azarosa. Si las chicas que esta semana han
muerto de anorexia en Brasil hubieran nacido 400 kilómetros al
sudoeste, serían las chicas que han muerto de hambre en Bolivia.
El nuevo rico lo sabe. Sabe que el azar ha provocado su buena racha, y
no el esfuerzo. Sabe que la vida puede quitarle todo tan rápido como se
lo ha dado. El nuevo rico necesita desmarcarse de la gente corriente.
Porque el estatus —parecen decir los nuevos ricos— es poder elegir
quién puede estafarte y quién no.
Parecen decir esto, pero en realidad dicen otra cosa. Lo que dicen es
que hay que acabar con el mercado de la falsificación porque involucra
la explotación de los chinos, pobrecitos, que están encerrados en los
barcos y trabajan por un plato de arroz; dicen que el mercado negro es
nefasto porque obliga a trabajar a los niños filipinos y eso a ellos (a
los ricos) los hace llorar; dicen que las mafias de las marcas falsas
acabarán un día con la bendición del libre comercio. Eso es lo que
dicen cuando llaman a la policía desde sus teléfonos móviles,
escondidos detrás de un árbol:
—¿Señor policía? Venga rápido a la esquina en la que estoy, puesto que
hay un delincuente con una manta, en la calle, ofreciendo a la
población cosas inútiles a precios razonables. ¡Apúrese, oficial, que
hay muchos pobres a punto de convertirse en ricos falsos!
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