Sunday, 14 de March de 2010


 
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Crónicas del Rio Cimitarra: un viaje a las selvas del Nordeste Antioqueño y Sur de Bolívar
Por: Marco Vinicio Pinzón
“… No ando con  luces prestadas para alumbrar  mi camino,
Pues  la  luz de  mi destino es  una estrella  muy viva,
Es  una estrella colectiva de  obreros  y campesinos”
                Macias el Cantor de Lejanías

 
marcha-uso-barranca_2La primera vez que llegue  al valle del río Cimitarra por las casualidades del destino, me encontré un día en Barrancabermeja: ciudad extraña,  caliente,  que  huele  a petróleo, cuna de movimientos sociales;  donde  trabajadores, mujeres y campesinos empezaron sus luchas. Remontamos  el río grande  de la Magdalena, hacia  San Pablo cogemos un brazo lateral  para llegar al Río Cimitarra; 40 grados de temperatura, en la mitad de la manigua; selva de tigre, territorio inexplorado a donde fueron llegando colonos de todas las violencias desarraigados, de cuando mataron a Gaitán, cuando el pacto de Chicoral, de cuando la “contrarreforma”  agraria de Lleras y López,  llegaron  de todos  lados.

Los  últimos  vinieron  de Córdoba, del Urabá, de Puerto Boyacá, Puerto Berrio, de  los puertos sobre  el Bajo Cauca y el río Magdalena o Yuma (como lo nombraron los Yariguíes, indios bravos exterminados por Mr. Isaccson y La Trocco Oil Compañy). Tierras que  se llenaron de plaga, alianza corrupta latifundista, electorera, militarista,  narco y empresarial que desoló estas regiones de pescadores y labriegos; llegaron desplazados por la pobreza, por las violencias, buscando mejores oportunidades.

Mineros, campesinos, negros e indios se adentraron en tierra virgen, abriendo trochas  poblaron este  territorio entre el nordeste Antioqueño y el Sur de Bolívar. La Serranía de San Lucas,  montaña de oro atrajo todos los intereses, coca  y oro se  juntaron en la guerra, una guerra  que los persiguió hasta el Cimitarra, que nunca los deja; Militares-Paramilitares que los han perseguido desde siempre  por organizarse. La guerrilla siempre  a estado ahí, pero los muertos los ponen ellos, los que no se resignan a dejar esta tierra, donde  llegaron huyéndole al terror del Hambre  y de las Balas.

Llegamos una tarde  de Junio a la aldea comunitaria de  Puerto Matilde; nos reunimos  en un encuentro  internacional sobre Conflicto, coca  y Derechos Humanos convocado por  la Asociación Campesina del Valle del Río Cimitarra (ACVC),  éramos 700 personas, de toda Colombia, de  varios países, nos sentamos  a debatir sobre  el conflicto, las fumigaciones, las persecuciones. Pero  también llegamos  para hablar de la esperanza, de cómo poder  vivir dignamente  en medio del conflicto, con soberanía alimentaria; como extraer  recursos para subsistir,  sin acabar con la naturaleza; llegamos para bailar y cantar,  en medio de la tristeza y la alegría que siempre se  juntan  en estos  parajes.

La ACVC  “representa” a miles de campesinos, sus reivindicaciones por la permanencia en el territorio y las posibilidades reales  de  una vida digna, sus luchas convergen en la Zona de Reserva Campesina (ZRC)  figura equivalente a los resguardos indígenas  y a los territorios colectivos para comunidades negras.  La ZRC  busca  regular la propiedad de la tierra en áreas de colonización y expropiación terrateniente  que en  el  Magdalena Medio  son  una constante  histórica; además  pretenden la autonomía  y soberanía alimentaria,  una mínima inversión social  y económica (hasta ahora inexistente), la conservación de  ecosistemas sensibles y la restricción a la  extracción indiscriminada  y a gran escala de recursos  naturales principalmente  minería, maderas y  algunas especies; por último la sustitución concertada  de cultivos  de uso ilícito.

El camino de la ACVC se inició hace décadas con el movimiento popular del magdalena medio, con las ligas campesinas, la propuesta silenciada de  la UP; con las marchas del  96 y el éxodo del 98, que movilizaron en el magdalena medio  10  y 15 mil campesinos respectivamente, junto a  miles    en  otras regiones del país (Caquetá, Guaviare y Putumayo). Solo  la presión nacional e internacional y la pacífica toma de colegios, universidades y parques en el puerto petrolero de Barranca  lograron sentar  al gobierno nacional con  los líderes campesinos. Primero el ministro Serpa y luego los representantes de Pastrana en el 96 y 98 respectivamente. Se buscaba  una salida a la represión  militar-paramilitar,  a las fumigaciones  indiscriminadas, se  buscaban soluciones a la ausencia total  del estado en materia social.

Acuerdos firmados, pactos incumplidos, los dos gobiernos al contrario mantuvieron la política de interdicción y peor  aún,  mientras  se realizaban  los diálogos  en el Caguan,  varios lideres  que habían participado  de las negociaciones en Barranca, cayeron abatidos por  paramilitares de la mano del terrorismo de estado, cientos de campesinos fueron asesinados en el sur de Bolívar  luego del retorno voluntario del  98, con la esperanza de tener  al menos  por un tiempo algo de tranquilidad.  En 2002 se  instaura la ZRC del Valle  del río Cimitarra la cual se  suspendió en 2003  por presiones de  latifundistas, alcaldes locales  y el senador  de esa época  Carlos Arturo Clavijo, (paraco condenado  según las  ultimas actuaciones de la  justicia)  generando una campaña de estigmatización y persecución permanente.

Vinieron mas marchas  en 2001,2004, 2006, 2007 las  pretensiones  fueron  y serán las mismas. En  2007 incluso  el presidente Uribe  llego a  Barranca y se sentó con los   campesinos,  otra vez se  firmo un acuerdo que se centraba en la no persecución y militarización de la región, inversión para la gente, no para la guerra  y  el levantamiento de la suspensión de la zona de  reserva Campesina. Unos meses  más tarde  dictaban orden de captura  a 14 dirigentes de la ACVC, 6 encarcelados y el resto en ruptura  y desobediencia con el sistema  judicial que  siempre los  ha perseguido, pero  nunca  ha aclarado las muertes de cientos de   campesinos en la región, en el sur de Bolívar las cosas siguen igual o peor ya no se puede  decir. La zona de Manilas, la región de Guamocó mucho oro, mucha  bala, familias  que  aprendieron a vivir entre el miedo y la alegría a ritmo de Vallenato en Barranca o San Pablo, a ritmo de trova  en Remedios.     

Mi recorrido  con los campesinos del Valle del  río Cimitarra está lleno de aprendizajes, de tristezas  por  los compañeros que ya no están,  por la vida que  les toco  vivir, pero también   de esperanza  cuando  miro arrear las mulas   en la selva, cuando miro junto a  hombres, mujeres y niños a las tortugas asoleándose a medio día en el río.

En este camino  me  he encontrado  y he aprendido  tantas cosas  de  muchas personas,  músicos  a los que  les  he aplaudido sus trovas y decimas, de las  mujeres  con las que he pelado  yuca  y fritado la rica Guagua,  de  los arrieros con los que  he amarrado  la enjalma, de  los pescadores que cuentan historias de Moanes y tabaco, de  los mineros que hablan del  oro  que se le esconde al avaro, que  esta maldito  y algunas veces les trae  miseria; de los raspachines  con los que  he  raspado  la mamacoca, maldecida por el progreso; de  los negros con los que  he  jugado  futbol  y bailado champeta;  de los evangélicos  con los que  he discutido sobre religiones  y alienación.

Son muchas  historias que  contar,  de  un camino que apenas se empieza a tejer, algunos dirán que estas  cosas nunca se  verán en la academia, pero  una buena parte  de  lo que  he aportado  en esta región viene  de la universidad publica,  los cineclubes,  los debates de filosofía política, de las enseñanzas de profesores  y maestros, de las  jornadas  libertarias  que realizamos. Es un  encuentro de saberes  que  ha permitido llevar  al rio cimitarra otras visiones del mundo, del país, de la política; donde  personajes de distintos orígenes han participado. Pero también  han llevado  mensajes  y visiones  de una comunidad  sobreviviente a muchas ciudades  en Colombia  y el mundo.

Marco Vinicio Pinzón
Bogota Noviembre 2008   

 
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