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 Nací y crecí en Villa tina, un barrio ubicado en una de las
laderas de la zona centro oriental, marcado por tragedias como el
deslizamiento del cerro Pan de Azúcar y la masacre en la que murieron
ocho jóvenes y una niña de cinco años a comienzos de los noventa.
De niño, me era prohibido salir a las calles pues mis abuelos temían
mucho que algo malo pudiera ocurrirme, todos los días había balaceras,
con el tiempo el sonido de los disparos se me hizo tan familiar como
los campanazos de la iglesia anunciando que alguien había muerto, tan
familiar como los gritos de la abuela siempre diciéndome a las 6:00 de
la tarde que ya era hora de entrar a la casa.
Muchas veces camino a la escuela me tope con muertos, las primeras
veces – siendo aún un niño – sentí miedo, pero la muerte se convirtió
en una imagen cotidiana de mi vida; muertos, velorios, funerales,
rosarios, aún conservo recuerdos nítidos de aquel tiempo.
Entrando en mi juventud, mis dilemas, y de alguna manera los de mi
familia – entre otras cosas por el hecho de ser el primer varoncito de
la casa – oscilaban entre los esfuerzos que había que hacer para que yo
rindiera en el colegio, y para que hubiera dinero para los estudios, de
otro lado todos los esfuerzos que mi familia hacía para mantenerme al
margen de la guerra de pandillas que se libraba en el barrio,
básicamente por el control de los expendios de marihuana y del
territorio. Era fácil ser seducido por las pandillas, pero quien
ingresaba, nunca tenía la posibilidad de salir. Podría atreverme a
decir que desde mi adolescencia, siempre estuve en peligro de ser
reclutado por las pandillas del barrio, de alguna manera los cuidados y
la sobreprotección de mi familia siempre me mantuvieron al margen de
esa cruda realidad.
Una de las experiencias que marco mi vida fue mi transito por la
secundaria, asistir a clases al colegio cada día era toda una hazaña,
para las pandillas que operaban en sectores que colindaban con mi
barrio, como la Libertad, la Cañada, la Estrechura y la Planta,
era un pecado el simple hecho de encontrarse con jóvenes que venían de
Villa tina, era algo así como llevar plasmado en la frente un sello de
la muerte. Cuando los conflictos reventaban a punta de plomo, uno tenía
que despertar como a las cuatro de la mañana para subir hasta el 13 de
Noviembre, cruzar los Mangos y Enciso hasta llegar al barrio Boston, y
de ahí seguir caminando hasta el barrio la Toma donde quedaba el
colegio, esa era la ruta más segura.
Ya finalizando mis estudios de secundaria, creía haber sobrevivido a
una guerra en la que murieron amigos del barrio, compañeros del
colegio. Muchos de los jóvenes con los que crecí se metieron a alguna
de las pandillas, a algunos los mataron, otros se fueron de la ciudad
para salvar sus vidas. Cuando sentía que podía darme un respiro y estar
tranquilo por un tiempo, una nueva presión apareció, otro dilema, una
nueva preocupación para mi familia, concluía mi bachillerato, y había
que definir la situación militar. Recuerdo que a la mayoría de mis
compañeros de clases no les motivaba mucho la idea de estar un año o
más tiempo fuera de casa, dentro de un batallón, pero cuando pensaban
en asuntos como el bienestar, el trabajo, sobrevivir de alguna manera,
la idea de estar en el ejército o en la policía se presentaba como una
de las posibilidades más claras de encontrar un medio de subsistencia.
Después de mucho meditarlo y de enfrentarme a discusiones internas -
propias de la condición de juventud – como el futuro, el bienestar, las
relaciones familiares, lo que uno quiere hacer de su vida, me di a la
tarea de pelear con mis propios medios buscando tomar una decisión
bastante difícil: “Ir o no ir, estar o no estar en un ejército”.
Finalmente creo que mi decisión se inclinó más a defender lo que en ese
tiempo eran mis convicciones más puras, surgidas de mis instintos, mi
sentir como joven, no me gustaban las armas, ni las rutinas, no quería
estar lejos de casa, lejos de la familia, lejos de los amigos,
encerrado. Me animaba más estar en grupos juveniles, en propuestas
culturales o de organización comunitaria. Mis construcciones políticas
y mi postura comenzó a consolidarse cuando comencé a hacerme participe
del proceso de la Red Juvenil, comprendí que mi decisión se llamaba
objeción por conciencia, y que quienes optamos por rechazar estar en
las filas de un grupo armado asumimos el compromiso político de luchar
por la construcción de una sociedad más justa, que no sea regida por
lógicas militaristas.
Soy Leonardo Jiménez García, objetor por conciencia declarado, no tengo
libreta militar pues no necesito ni quiero portar ningún documento que
me relacione con lo militar, me asumo como un civil (entendiendo civil
en el sentido de condición humana, persona que hace parte de una
sociedad, más no entendido en el sentido patético de la ciudadanía
impuesta ), mi lucha como objetor por conciencia se ha centrado durante
ocho años en llenar de sentido político y vivencial una postura que no
es discursiva, - aunque es demasiado difícil – libro batallas
conmigo mismo todos los días para tratar de deshacerme de un montón de
ataduras, complejos, prejuicios, moralismos y prácticas que me
impusieron, que aprendí según dictaban las normas de un modelo que
impera ahora más que nunca desde patrones de comportamiento
autoritarios y patriarcales que se alimentan de nuestra sumisión.
No justifico ni valido las guerras ni la eliminación del otro, no creo
en la lucha armada como medio para imponer o negociar proyectos de
sociedad, me solidarizo con el dolor de las víctimas de la guerra
porque también viví ese dolor cuando miembros de grupos paramilitares
asesinaron a mi padre, - no les detesto – pero no hay nada ni nadie que
pueda evitar que todavía me duela. Me asumo cada vez más en la
radicalidad de esta postura, alimenta mi espíritu de lucha –no violenta
– y fortalece mi carácter. No me he molestado cuando en
ejercicios de manifestación pública de mi postura me he encontrado con
personas que me catalogan de utópico, abstencionista, anarquista, y
soñador, no me da pena reconocer que partiendo de la escala de valores
tradicional mi pensamiento y mi forma de ver y asumir la vida a
evolucionado, en otras palabras cuando uno se define como
antimilitarista y activista de la no violencia, combatir con paciencia
la ignorancia de muchos se convierte en una tarea cotidiana.
No temo reconocer que me he equivocado muchas veces, todo el que busca
ser coherente se tropieza, de hecho uno se tropieza y cae más que
aquellos que transitan la vida sin buscar nada, porque nos estamos
mirando, revisando cada paso que damos, intentar ser conciente de mi
mismo me ha llevado a identificarme plenamente con el planteamiento de
Gandhi cuando afirmaba que “el fin es a los medios lo que el árbol a la
semilla”, le doy a las palabras sueño e imaginación un profundo
carácter político, si obedeciéramos menos ordenes absurdas, y nos
atreviéramos a soñar y a imaginar infinidad de posibilidades que
existen para convivir, de seguro la sociedad sería otra cosa, no
estarían muriendo un millón de niños cada minuto, no tendríamos que
preocuparnos de las guerras mundiales, y quizá yo no tendría que estar
dirigiéndome a ustedes para exigirles que reconozcan mi postura
política, mi convicción de vida, este derecho LEGÍTIMO que tengo de
asumirme como objetor por conciencia.
He de aclarar que a partir de este momento, esta petición que les
dirijo se convierte en una especie de pacto conmigo mismo, me interesa
que la sociedad sepa, - especialmente los jóvenes- que
existo con esta postura, que pese a que según la ley 48 de 1993 soy un
remiso y por eso se me han cerrado puertas para estudiar y trabajar,
pese a que me han marginado, me he mantenido en esta postura con
dignidad, buscando siempre posibilidades para subsistir con otros que
comparten y viven esta postura de resistencia y desobediencia política.
Es mi interés que mi condición salga del anonimato y se inserte como
propuesta de transformación social en los círculos en los que en esta
ciudad se discute sobre los problemas del país, la realidad social y
las propuestas de transformación. Mi imaginación encontrará sin duda
alguna recursos – el primero que se me ocurrió fue esta petición - para
que ustedes, señores miembros de las fuerzas militares se dispongan a
reconocerme mi estatus político de objetor por conciencia, para hacer
uso de él públicamente y para seguir en mi construcción de alternativas
de resistencia a la guerra en los círculos en los que me muevo, en los
que se desempeña mi activismo político no violento
ANTE EL SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO ME DECLARO OBJETOR POR CONCIENCIA.
Leonardo Jimenez
Grupo de Objecion por conciencia
A.R.T.
Red Juvenil de Medellín
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